Donald J. Trump y la ruta que Europa y América latina deben tomar.

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El principal éxito de Donald Trump es que millones de europeos preferirían hoy vivir bajo la estrella número 51 de Estados Unidos que bajo el paraguas de la Unión Europea.

Su mayor logro es que millones de europeos se sientan dichosamente encauzados a través de su liderazgo político como nunca antes lo estuvieron con sus traicioneros mandatarios locales.

Su principal conquista es que millones de cabreadísimos europeos no moverían un sólo dedo en defensa de sus repulsivas partitocracias si ello conllevara un desafío a lo que Trump pretende llevar a cabo.

Las movilizaciones del pasado sábado en Washington contra Donald J. Trump han trazado los contornos de lo que los europeos y latinos se juegan en los próximos años. Pero sobre todo ha retratado dos formas de existencia tan antagónicas como las que representan el nacionalismo identitario, con el Cristianismo como eje de su postrero desarrollo moral y político, y por otra parte el globalismo satánico patrocinado con billones de euros por las peores personalidades del planeta.

Algunos ya sabíamos que Trump no merecería siquiera el beneficio de la espera de sus primeros cien días de gobierno, que es lo que se hace hasta en los países de escasa tradición democrática. Lo que estábamos lejos de suponer es que el histerismo contra Trump tuviese tamaña dimensión movilizadora.

Por el momento, los malos han emporcado las calles con sus proclamas, su dislexia moral y sus falaces apelaciones “a favor de un mundo mejor”. Si realmente así fuera, se tendrían que manifestar todos los días en la Venezuela de Nicolás Maduro contra el hambre al que ha sido arrastrada su población. Si les importara la dignidad de las mujeres, como proclamaron el sábado, tendrían que haber manteado a Hillary Clinton por aceptar el apoyo político y el sostén económico de un régimen tan profunda e incorregiblemente misógino como el de Arabia Saudita, que además contribuye económicamente al encarcelamiento de las mujeres occidentales en cárceles textiles.

Si a esa gente le moviera el respeto a las formas que le exigen al nuevo mandatario estadounidense, tendrían que haber empezado por no atacar a la policía con proyectiles, ni por quemar vehículos estacionados en la vía pública, ni por causar destrozos millonarios al mobiliario urbano.

Si a esa gentuza le preocupara la pervivencia del modo de vida democrático, lo primero que tendrían que haber hecho es respetar la voluntad de decenas de milllones de norteametricanos decididos a un cambio efectivo.

En la otra acera, hibernados en prevención de que los ruidosos acontecimientos amenacen con desbordar su elección libremente expresada en las urnas, los buenos, los mejores, los que modelan sus opiniones a salvo de las doctrinas elaboradas en la Escuela de Frankfurt y ardorosamente defendidas desde las grandes corporaciones mediáticas. Se trata de la gente más valiosa que nos va quedando en el malgastado Occidente.

Votaron a Trump porque les gusta una América americana, porque quieren que la economía descanse sobre manos rectoras al servicio de la nación y no sobre oligopolios internacionales cuyo control es detentado por gente sin patria y sin alma.

Eligieron a Trump porque prefieren vivir en un país con tradición, con fronteras seguras, con seguridad en las calles, con medidas correctoras de impacto moral, que no haga asco a la incorrección política como base de su seguridad colectiva.

Sintieron la misma fascinación por Trump que muchos europeos compartieron cuando situó a Dios y a la patria americana en el centro de su discurso político, cuando les habló de que la identidad, llena de recuerdos incitantes, es el único espacio donde el pueblo, con una intuición extraordinaria, terminaría descubriendo las razones extraordinarias de su continuidad histórica, de su supervivencia étnica y cultural. O cuando apeló a la meritocracia como base de su gobierno antes que de cuotas basadas en criterios sexistas y raciales. O cuando emocionadamente recordó en Arkansas el valor fundamental de la familia tradicional. O cuando se enfrentó a los globalistas comandados por George Soros con la misma determinación y coraje que el general Lee se enfrentó a las tropas del norte…

 

Frente al globalismo y sus conocidos mecenas, el nacionalismo identitario se refiere a una dimensión humana de los pueblos y a la forma en que las personas buscan y expresan el sentido y el propósito vital y la forma en que viven su conexión con ellas mismas, con los demás, con la familia, con la comunidad, con la naturaleza, la tradición y con lo sagrado. El campo espiritual es pieza fundamental de su universo ideológico y abarca los retos existenciales relativos a la identidad, el significado vital de la existencia, el valor, la responsabilidad familiar, la cultura, la ética y la relación con Dios.

Esta dimensión se relaciona también con la necesidad de encontrar significado a la genialidad personal fuera de los proyectos niveladores del dominio mundial masónico, lo que requiere de un compromiso personal de resiliencia ante los estragos causados por los proyectos de ingeniería social concebidos por unos pocos para acabar con el alma de los pueblos, diluyendo en el olvido sus tradiciones, sus raíces humanísticas, sus identidades raciales; ahogando la disidencia en los mares del policorrectismo y atrofiando el instinto crítico y la rebeldía intelectual, la que no necesita ser subvencionada para que emerja como un caudal de luz.

Se entiende las drásticas consecuencias que el advenimiento de líderes identitarios y antiglobalistas traería a ideologías como la de género, creadas artificiosamente en los laboratorios de los actuales mandamases para el debilitamiento del núcleo de la unidad familiar, imprescindible para el sostén de occidente.

Como defiende Yvan Bloten, la indiferencia acerca del porvenir de la tribu, propio de una sociedad totalmente feminizada, pone en peligro el porvenir colectivo: debilitamiento demográfico, inmigración invasora, desaparición del espiritu de defensa… Todo esto amenaza la supervivencia colectiva sin que la opinión pública de la sociedad mercantil dominada por el elemento femenino de manera casi exclusiva, se sienta concernida”.

En definitiva, “las putillas” de Soros, término metafórico sin adscripción sexista, están dispuestas a barrenar la gigantesca montaña de ilusión y esperanza que hoy abrazamos al unísono estadounidenses y europeos en nombre de esos sagrados ideales de los que el marxismo social pretende que nos avergoncemos, con sus brigadas internacionales de julais, plumíferos, feministas, tontos progres abajo firmantes, cipayos liberales, católicos donjulianescos, periodistas sin honor, políticos sin ideales y toda la amplia masa movilizada por el mundialismo en nombre de sus criminosas cruzadas contrarias a la elevación sobrenatural de cada hombre y de cada mujer. Ocioso es recordarles que sobran las palabras y la tibieza intelectual con esa gente.

Combatirles en el campos de las ideas, que es nuestro principal propósito en esta casa, y derrotarles si hiciera falta en otros campos de batalla que históricamente desnivelaron la contienda a nuestro favor. Ni les tememos ni nos intimidan sus movilizaciones a favor de los degradadantes dogmas concebidos por los peores.

Los ideales que afloraron en Estados Unidos gracias a la imponente figura pública de un hombre caricaturizado hasta en la forma de su peinado, reúne las premisas reales y efectivas para ser asumidos, como tabla salvadora, por una mayoría de electores europeos.

Paso a paso, primero en Reino Unido y ahora en Estados Unidos, ha brotado la necesidad de un reasentamiento de nuestro porvenir histórico en la cómoda y segura morada del patriotismo identitario, resguardado de todos los hombres y mujeres que han llegado al extremo de degenerar su sentido de pertenencia al género humano al convertirse en las procaces putillas de George Soros. A ellos y a ellas, una vez más, el proceso de selección natural terminará devorándolos.

A. Robles – Alerta Digital

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